Negocio

Personalización y anticipación, claves en el sector asegurador para afrontar la creciente longevidad

  Redacción / 26 de junio de 2018

Los españoles viven un promedio de 82,8 años, siendo el cuarto país más longevo, por detrás de Japón, Suiza y Singapur. La denominada “esperanza de vida saludable”, que equivale a los años de vida que se espera que vivan los individuos con buena salud, también ha avanzado notablemente, según se desprende del último estudio del Instituto Santalucía sobre los desafíos socioeconómicos de la creciente longevidad. Sin embargo, en promedio mundial, supone 10 años menos que la esperanza de vida grosso modo y en el caso de España se sitúa en 72,4 años de media, cifra que hace descender a España en el ranking mundial hasta el 9º puesto.

El estudio, titulado “El reto de la longevidad en el siglo XXI: cómo afrontarlo en una sociedad en cambio”, plantea que la longevidad humana seguirá experimentando progresos notables hasta probablemente superar los 120 años, por lo que las instituciones deberán acometer “reformas sustantivas” en los sistemas de bienestar y la industria del ahorro ejercerá un relevante papel a la hora de ofertar soluciones y productos innovadores para la jubilación.

El número de centenarios españoles se ha duplicado en los últimos 10 años, superando las 15.000 personas a finales de 2017, situando a España en uno de los países con mayor porcentaje de población centenaria. Y, según indican los datos, en menos de 50 años (2066), más de 222.000 españoles serán centenarios. Además, la proliferación de los tratamientos y terapias diseñadas para alargar la vida supondrán una verdadera revolución en la emergencia de los supercentenarios (110 años o más) entre la población millennial.

Es precisamente en este aspecto en el que centran el foco de atención pues, como avanza el informe, tanto las instituciones públicas como la industria aseguradora deben hacer esfuerzos concertados para asignar recursos suficientes para estos ciudadanos en la etapa de la jubilación. Para José Manuel Jiménez Rodríguez, director del Instituto Santalucía, “si se mantienen las tendencias actuales en la esperanza de vida, habría una presión al alza en la tasa de dependencia demográfica, que se elevaría desde el 53,5% actual hasta el 87,7% en menos de 50 años”.

Los resultados del estudio muestran un cambio de percepción, la llamada “tercera edad”, los 65 años,  habría que situarla en la horquilla de los 81–91 años. José Antonio Herce, miembro del Foro de Expertos del Instituto Santalucía y coordinador del Estudio, explica que “a principios del siglo XX solo el 26,2% de los individuos sobrevivían a los 65 años y vivían de media 9,1 años más. A día de hoy, tenemos una esperanza de vida a los 65 años de 21 años más. Si buscamos cuál es la edad equivalente hoy en día, estaríamos hablando de una edad que entre los 81 y los 91 años, la conocida como “cuarta edad”. Es decir, que la “gran edad”, lo que era la tercera edad hace décadas equivale a la cuarta edad de hoy”.

Para hacer frente a esa longevidad y su impacto en los sistemas de bienestar y en el ámbito laboral, sanitario, de pensiones y de dependencia, las instituciones públicas deberán adaptarse a esta realidad. De hecho, el fomento de un verdadero ahorro previsional será fundamental. Y la industria aseguradora deberá intensificar el esfuerzo en buscar soluciones innovadoras y ofrecer productos de carácter vitalicio, combinados con otros de carácter temporal, tanto de renta como de servicios asistenciales. Esto supone que no sólo se cubra financieramente durante un mayor tiempo al beneficiario, sino que también le aporten mayor calidad de vida.

En palabras de José Manuel Jiménez Rodríguez, director del Instituto Santalucía, “en este contexto de longevidad creciente, es indiscutible la necesidad de contar con un ahorro previsional que pueda cubrir todo el ciclo medio de vida estimado, que permita estar cubierto de cualquier eventualidad que se pueda presentar en las edades más avanzadas de la vida.”.

Según concluye el estudio, el sector asegurador tendrá la clave y el reto de afrontar la creciente longevidad y adaptarse en consecuencia, gracias a la transformación digital, para predecir la probabilidad de supervivencia y ofrecer las mejores soluciones a los individuos. Las nuevas tendencias apuntan a la personalización y a la anticipación a las necesidades de cada cliente.

Por otro lado, la creciente discrepancia entre la edad cronológica y la edad biológica se debe tener muy en cuenta a la hora de estimar la “tasa de dependencia”, hasta ahora los 65 años, entre los diferentes grupos de edad. Además, el Estudio pone de manifiesto el desafío que supone para el sector asegurador calcular bien la edad biológica, ya que la edad cronológica ya no es un indicador tan fiable cuando se miden el riesgo de longevidad. En este sentido, la bioética ayudará a las aseguradoras a determinar los aspectos a tener en cuenta para tarificar los seguros de vida.